Hace años vivía esperando que pasara algo.
Que me enamorara.
Que me ascendieran.
Que me echaran.
Que quebrara el sistema financiero.
Que encontrara la inversión perfecta.
Que alguien llamara a mi puerta.
Siempre había un “cuando…” delante de la vida.
Ahora no.
Y eso resulta extrañísimo.
La mayor parte de los días no pasa absolutamente nada.
Voy a trabajar.
Vuelvo.
Actualizo un Excel.
Escribo cuatro tonterías aquí.
Me preparo la comida.
Veo un capítulo que olvidaré mañana.
Me acuesto.
Y, sin embargo…
No siento que esté esperando vivir.
Estoy viviendo.
No sé cuándo ocurrió ese cambio.
Supongo que la muerte de mi madre tuvo algo que ver. Cumplir cincuenta también. O quizá simplemente me cansé de pensar que la felicidad siempre estaba a dos decisiones de distancia.
Antes necesitaba que la vida tuviera argumento.
Ahora me basta con que tenga paz.
Lo curioso es que la paz tiene muy mala prensa.
No da para películas.
No genera titulares.
No produce conversaciones de ascensor.
Nadie pregunta:
—¿Qué tal?
Y espera que respondas:
—Pues igual que ayer. Tranquila. Bastante contenta. Sin novedades.
Qué decepción.
Vivimos convencidos de que una vida interesante es una vida llena de giros de guion.
Empiezo a sospechar que es justo al revés.
Quizá una vida interesante sea aquella en la que, cuando por fin dejan de pasar cosas extraordinarias, descubres que sigues teniendo ganas de levantarte al día siguiente.
Y eso no significa que haya renunciado a las sorpresas.
Sigo convencida de que, al girar cualquier esquina, puede aparecer algo espectacularmente bueno.
Solo que ya no lo necesito para justificar el presente.
Si llega, estupendo.
Y si no…
Tengo café.
Tengo un Excel.
Tengo este rincón perdido de internet.
Y, sorprendentemente, parece que con eso también se puede construir una vida.
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