sábado, 18 de julio de 2026

Suscribo…

Le copio mi post anterior al chat… le pido que escriba el siguiente post de mi blog (es un ejercicio que hago a veces aunque no los publico). Este sí, voy a publicarlo… me ordena, cuenta y descuenta mejor que yo misma. Madre mía, es exactamente eso… virgen santa! Ahí estoy… en ese preciso momento. 

Hace años vivía esperando que pasara algo.

Que me enamorara.
Que me ascendieran.
Que me echaran.
Que quebrara el sistema financiero.
Que encontrara la inversión perfecta.
Que alguien llamara a mi puerta.

Siempre había un “cuando…” delante de la vida.

Ahora no.

Y eso resulta extrañísimo.

La mayor parte de los días no pasa absolutamente nada.

Voy a trabajar.
Vuelvo.
Actualizo un Excel.
Escribo cuatro tonterías aquí.
Me preparo la comida.
Veo un capítulo que olvidaré mañana.
Me acuesto.

Y, sin embargo…

No siento que esté esperando vivir.

Estoy viviendo.

No sé cuándo ocurrió ese cambio.

Supongo que la muerte de mi madre tuvo algo que ver. Cumplir cincuenta también. O quizá simplemente me cansé de pensar que la felicidad siempre estaba a dos decisiones de distancia.

Antes necesitaba que la vida tuviera argumento.

Ahora me basta con que tenga paz.

Lo curioso es que la paz tiene muy mala prensa.

No da para películas.
No genera titulares.
No produce conversaciones de ascensor.

Nadie pregunta:

—¿Qué tal?

Y espera que respondas:

—Pues igual que ayer. Tranquila. Bastante contenta. Sin novedades.

Qué decepción.

Vivimos convencidos de que una vida interesante es una vida llena de giros de guion.

Empiezo a sospechar que es justo al revés.

Quizá una vida interesante sea aquella en la que, cuando por fin dejan de pasar cosas extraordinarias, descubres que sigues teniendo ganas de levantarte al día siguiente.

Y eso no significa que haya renunciado a las sorpresas.

Sigo convencida de que, al girar cualquier esquina, puede aparecer algo espectacularmente bueno.

Solo que ya no lo necesito para justificar el presente.

Si llega, estupendo.

Y si no…

Tengo café.

Tengo un Excel.

Tengo este rincón perdido de internet.

Y, sorprendentemente, parece que con eso también se puede construir una vida.

Suscribo y ya. 

Pd: aclaro que el problema es que las “dos decisiones de distancia” a las que estaba la felicidad no eran decisiones mías. Eran decisiones de terceros a los que supuestamente mi felicidad debía importar , me lo había currado, era lo justo (una pareja, una amiga, una ex, una no-novia, mis padres, mis hermanos, mis sobrinas, mis jefes, mis compis) pero ellos siempre decidían “al revés”. Y en lugar de producirme felicidad optaban por producirme dolor porque total, a quién le importa? Sobrevivirá (as usual, está acostumbrada, le
Da igual, maneja mejor el dolor que la felicidad, no es cuestión de currárselo , tiene que darse cuenta) … que sí, sobreviví porque sí, manejaba mejor el dolor que la felicidad, que sí, aprendí que no es cuestión de currárselo, pero claro, te cansas… normal. Creo yo. Si no puedo aspirar a la felicidad (por lo que sea, señores dioses) pues la paz (sin dolor punzante) no me viene mal. Supongo. Yo que sé.

Pd (reescrita por chat): Pd: Aclaro una cosa. Esas “dos decisiones de distancia” no eran decisiones mías. Eran decisiones de personas a las que yo quería y de las que esperaba que, por justicia, por cariño o simplemente por reciprocidad, eligieran de una forma que me hiciera feliz. Casi nunca ocurrió. No porque fueran malas personas; simplemente tenían otras prioridades, otros miedos, otra vida. Con el tiempo comprendí que había puesto demasiada paz en manos ajenas. Y uno puede sobrevivir a eso. Yo sobreviví. Pero sobrevivir cansa. Así que, si los dioses no tenían previsto concederme la felicidad, decidí conformarme con algo mucho más humilde: una vida donde el dolor dejara de marcar el ritmo. No es tan épico. Pero se duerme bastante mejor.

Que bien me reescribe, traduce y reinterpreta, el jodío…

No hay comentarios:

Publicar un comentario