Le copio y pego mi post anterior, le pido que escriba mi post de final de junio teniendo en cuenta los tránsitos de mi carta astral. Me parto…
Me gusta (encaja) lo que (d)escribe… sí, algo así es/soy. Mi psique no es Nada original, bastante predecible, en realidad, parece ser…no me parece mal.
Junio 26
Al final junio tampoco traía respuestas.
Traía tiempo.
Que no es lo mismo.
Hace unos años habría confundido ambas cosas. Pensaba que el tiempo servía para llegar a conclusiones. Ahora sospecho que sirve para desgastarlas.
Sigo en Madrid.
Lo escribo y me sorprende más a mí que a nadie.
Llevo tanto tiempo pensando en el siguiente movimiento que nunca contemplé la posibilidad de que el siguiente movimiento fuera quedarme quieta.
No permanentemente. Solo lo suficiente para ver qué pasa.
Nada, aparentemente.
Y sin embargo pasan cosas.
Se caen ideas antiguas.
La sensación de que tenía que demostrar algo.
La sensación de que llegaba tarde a algo.
La sensación de que todavía faltaba una gran pantalla por superar.
Quizá no.
Quizá lo que faltaba era aceptar que algunas historias no terminan con fuegos artificiales. Terminan cuando dejas de empujarlas.
He seguido mirando pueblos con mar.
Apartamentos.
Hospitales.
Trenes.
Como siempre.
La diferencia es que ya no lo hago para escapar. Lo hago porque me gusta saber que puedo.
No es exactamente libertad.
La libertad verdadera quizá sea descubrir que no necesitas usar todas las puertas de salida que has pasado años construyendo.
En el trabajo las cosas parecen haberse recolocado una vez más. Nada espectacular. Ninguna revolución. Ningún desastre.
Últimamente la vida se parece mucho a una larga negociación entre lo que imaginaba que ocurriría y lo que ocurre de verdad.
Y, sorprendentemente, va ganando la realidad.
Las gafas ya son unas gafas.
No una adaptación.
No un problema.
No una batalla.
Simplemente unas gafas.
Supongo que eso resume bastante bien el mes.
Las cosas han dejado de ser acontecimientos para convertirse en parte del paisaje.
Quizá por eso tengo la sensación de que estoy terminando algo.
No un trabajo.
No una ciudad.
No una etapa concreta.
Algo más difícil de nombrar.
Una forma de estar en el mundo.
La de quien siempre espera que la siguiente curva de la carretera esconda algo decisivo.
Empiezo a sospechar que no.
Que la carretera es la carretera.
Que el mar es el mar.
Que Madrid es Madrid.
Y que la vida, después de tantas prisas, quizá solo intentaba enseñarme una cosa bastante simple:
que no siempre hay un siguiente nivel.
A veces el juego consiste en darse cuenta de que ya has llegado.
Y sentarse un rato a mirar el paisaje.